La Piedra de Rosetta. La llave que abrió el Antiguo Egipto

El significado de los misteriosos jeroglíficos egipcios obsesionó a lo largo de muchos siglos a sabios y estudiosos, que no pudieron romper la barrera del desconocimiento del idioma y se perdieron en conjeturas.

El antiguo lenguaje egipcio se usó durante muchos siglos y evolucionó hacia lo que se conoce como el lenguaje copto. La escritura faraónica también fue reemplazada por el copto, que usaba las 24 letras del alfabeto griego más seis caracteres demóticos para representar sonidos egipcios que no existían en griego. Pero en un momento dado tanto el copto hablado como escrito fueron desplazados por la difusión del árabe en el siglo XI. El vínculo lingüístico con los antiguos reinos egipcios se rompió, y esa llave, el conocimiento necesario para leer la historia de los faraones, se perdió.

En siglos posteriores, los estudiosos que tuvieron conocimiento de los jeroglíficos intentaron descifrarlos. Asumieron que no eran otra cosa que primitiva escritura ideográfica, y que su desciframiento dependía de una traducción literal de las imágenes. En realidad, la escritura jeroglífica era fonética, es decir, que los signos en gran medida significaban diferentes sonidos, tal como las letras en el alfabeto español. Pero para que esto fuera tenido en cuenta, hizo falta un gran descubrimiento que todavía estaba por venir.

No fue hasta 1799, que el descubrimiento de la Piedra de Rosetta, el pedazo de roca más famoso de la historia de la arqueología, arrambló con todos los secretos. Fue encontrada por los zapadores de la expedición de Napoleón a Egipto, que acabó en un rotundo fiasco militar. Aquel hallazgo fortuito supuso el contacto de Occidente con el milenario legado histórico, cultural y arquitectónico del país de los faraones. Fue el comienzo de una fascinación que no ha parado de crecer desde entonces.

La Piedra de Rosetta contenía tres textos en diferentes idiomas, uno de ellos el griego. La traducción del texto griego reveló que se trataba de un decreto del consejo general de sacerdotes egipcios fechado en el año 196 AC. Asumiendo que el contenido de los otros dos escritos era el mismo, la Piedra podría usarse para descifrar los jeroglíficos.

Pero aún existía un obstáculo importante. El griego revelaba lo que la versión egipcia quería decir, pero nadie había hablado egipcio desde hacía por lo menos ocho siglos, así que era imposible establecer el sonido de esas palabras. No se podía deducir la fonética. El inglés Thomas Young consiguió en 1814 una copia de las inscripciones incisas en la Piedra. El descubrimiento de Young vino cuando se concentró en un conjunto de signos rodeados por un bucle, lo que se llama un “cartucho”. Sospechó que estos signos remarcados representaban algo de importancia, posiblemente el nombre del Faraón Ptolomeo, al que el texto griego mencionaba. Podía ser un paso para descubrir la fonética de los jeroglíficos, porque el nombre de un faraón debería ser pronunciado igual en una lengua que en otra.

Young encontró la correspondencia de las letras de Ptolomeo en el texto egipcio, y partiendo de esa equiparación consiguió correlacionar la mayoría de los jeroglíficos con sus valores fonéticos correctos. Repitió su estrategia con otro cartucho, que sospechaba contenía el nombre de la reina ptolemaica Berenika, e identificó también otros sonidos. El desciframiento de la escritura egipcia ya estaba en marcha.

La obsesión de Jean-François Champollion por los jeroglíficos se inicia en 1801, cuando siendo un muchacho de diez años vio una colección de antigüedades egipcias, decoradas con extrañas inscripciones. Le contaron que nadie sabía leer esa escritura críptica, y el chico se prometió ser él quien rompiera ese misterio algún día.

El francés aplicó las técnicas de Young a otros cartuchos. Se sostenía entonces la teoría de que los nombres como Alejandro y Cleopatra, por ser extranjeros, sólo ilustraban la fonética de palabras ajenas al léxico tradicional egipcio. En 1822 Champollion recibió algunos cartuchos que eran lo suficientemente antiguos como para contener nombres tradicionales egipcios, los deletreó y refutó así esa opinión.

Champollion llegó al fondo y aprehendió los principios fundamentales de la escritura jeroglífica. Demostró que los escribas a veces optaban por romper las palabras largas en componentes fonéticos, y después usar imágenes para representar cada uno de esos componentes. Por ejemplo, la palabra “armario” puede ser dividida en dos partes “arma” y “rio”. En ese caso, en lugar de escribir la palabra alfabéticamente, se podría representar mediante las imágenes de un arma y de un río. En el ejemplo de Ramsés, sólo la primera sílaba “ra” es representada por una imagen, un dibujo del sol, mientras que el resto de la palabra es deletreada convencionalmente.

El significado del sol en el cartucho de Ramsés es enorme, porque fue la llave que abrió el lenguaje de los escribas. No podrían haber hablado español, porque ello significaría que el cartucho habría sido pronunciado “Sol-mses”.. De igual manera no podrían haber hablado inglés, en cuyo caso se pronunciaría “Sun-mses”. El cartucho sólo tiene sentido si el escriba hablaba copto, porque entonces se pronunciaría “Ra-meses”. Demostró que en la mayoría de sus escritos los escribas usaban un alfabético fonético relativamente convencional, y afirmó que la fonética era el alma de los jeroglíficos. Usando sus profundos conocimientos de copto, se lanzó a una prolífica tarea de desciframiento. Identificó casi todos los valores fonéticos y descubrió que algunos signos representaban combinaciones de dos o más consonantes.

En julio de 1828 Champollion se embarcó en su primera expedición a Egipto. Murió el 4 de marzo de 1832 después de haber transcrito las notas, dibujos y traducciones de su viaje. A sus 41 años había conseguido el sueño de su infancia.

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